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El undécimo viaje pastoral del Romano Pontífice por las rutas del orbe ha sido realizado y ha de ser leído en clave mariana. Juan Pablo II ha ido a Fátima como «peregrino entre los peregrinos»: para dar gracias a la Virgen por haberle librado de la muerte el día del atentado (13 de mayo de 1981), en la plaza de San Pedro. Había hecho a Nuestra Señora una promesa, que ha cumplido confundiéndose con los peregrinos de Fátima. Pero allí se presentó también como Papa: para captar personalmente en sus fuentes, a través de la oración, con humilde actitud de escucha, el mensaje del viaje. En los discursos del Santo Padre encontramos ideas bien claras y orientaciones concretas para la vida de la Iglesia y para la actividad del hombre de nuestro tiempo. Juan Pablo II delinea y presenta un programa de amplia renovación eclesial: una reforma en profundidad según las exigencias evangélicas; y un programa paralelo, o mejor diríamos complementario, para la renovación del mundo: una reforma centrada en el slogan que ha lanzado y ha explicado con su discurso de Oporto: «La justicia social es el nuevo nombre del bien común».